LA SEGURIDAD PRIVADA EN ESPAÑA

Una profesión en desventaja frente a Europa (Análisis – Un minuto de lectura)
Por Ruben Mendez Puyana (Vigilante de seguridad y Vigilante de explosivos).

Mientras países europeos refuerzan el rol de los vigilantes privados, en España la precariedad y el abandono institucional marcan la diferencia.

En tiempos de crisis e incertidumbre, lo lógico sería que los gobiernos reforzaran los mecanismos de protección ciudadana. Sin embargo, en España la situación de la seguridad privada dista mucho de ser ideal. Lejos de fortalecer a sus vigilantes, el Estado permite que estos operen con recursos mínimos, poniendo en riesgo tanto su integridad como la de los ciudadanos.

A diferencia de lo que ocurre en otros países europeos, donde la seguridad privada goza de un respaldo institucional sólido, en España los vigilantes trabajan con escasa formación, poco equipamiento y, en muchos casos, completamente solos. Equipos obsoletos, chalecos inadecuados y defensas mínimas forman parte del día a día de estos profesionales, que deben hacer frente a riesgos reales sin los medios necesarios.

Mientras tanto, en países como Alemania y otros del norte de Europa, empresas como Protectas—brazo antidisturbios de Securitas—prestan servicios armados y con protección balística. Sus vigilantes operan en eventos multitudinarios, infraestructuras críticas y con el respaldo de la policía. Dotados con chalecos 3D, cascos antitrauma, defensas semirrígidas de 60 cm y armas de 9 mm, su presencia es fundamental para el control de masas.
Ejemplos como S.P.U. Security en Alemania o Guard Security en Francia refuerzan esta disparidad. Sus agentes, además de ir mejor equipados, tienen reconocimiento legal como agentes de la autoridad mientras ejercen su labor. Incluso la Guardia Giurata italiana presta servicios armados en aeropuertos, edificios estatales y transporte público, portando boina, placa identificativa y armas reglamentarias.

En contraste, los vigilantes españoles no pueden portar material propio, ni siquiera chalecos, y en caso de ir armados, lo hacen con revólveres del calibre .38, ya obsoletos. Además, no poseen la condición de agentes de la autoridad salvo en contadas excepciones bajo mando directo de las fuerzas del Estado.
Esta comparación evidencia una verdad incómoda: la seguridad privada en España está en clara desventaja. Una profesión que debería contar con recursos, reconocimiento y respaldo, se encuentra sumida en una precariedad que pone en entredicho su eficacia y dignidad.

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